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Homilía de Mons. Juan Martínez García en la apertura del Curso Introductorio |
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Hermanos sacerdotes , queridos seminaristas que han regresado después de un tiempo justo en su proceso formativo, tiempo de descanso a fin de recobrar fuerzas para continuar este caminar en Cristo en su formación inicial, sobre todo, ustedes hermanos seminaristas que están empezando, que se han convencido a unirse a Cristo en este proceso formativo. Papás de estos jóvenes que hoy reciben éste signo, esta indumentaria litúrgica, no es un uniforme únicamente, tampoco un hábito externo como en los religiosos, sino una vestimenta que significa nuestra misión, nuestra generosidad para con Dios en su iglesia. No es nada más vestirnos por fuera de forma rara, distinta la vestimenta de nuestros hermanos, es una expresión de lo que Dios nos invita, la responsabilidad que tenemos para ir por el mundo anunciando su reino de verdad, reino de paz y santidad. Hoy compartimos con gran alegría esta fiesta en la que el Señor quiere que comencemos por ser palabra, así como lo hizo Jesús de acuerdo a lo que narra el libro sagrado hoy recordándonos aquella imagen de Dios con su pueblo, la felicidad del Dios personal, clemente, compasivo, paciente con su pueblo. Ese Dios que en ningún momento rompe con su pueblo y siempre deja sentir su presencia por seres humanos muy concretos: Abraham, Isaac, Jacob, Moises y toda la infinidad de nombres del antiguo testamento donde Dios mantiene su presencia para iluminarlo, guiando y ordenando a su pueblo. Hasta que llegó a su plenitud en el momento indicado es que ese padre amoroso tuvo a bien cumplir la ley y los profetas dando a su hijo, aquel a quien Juan el Bautista preparó el camino y él es quien sigue actuando en nuestro mundo actual, él es quien por su Espíritu Santo sigue mostrándonos a venir a él. En la cruz sigue mostrándonos el sentido que tiene el amor, que da plenitud a toda esa ley de la que nos hace referencia hoy el texto del evangelio. Aquellos hombres que querían poner una trampa a Jesús cuestionando sobre la fidelidad del hombre con su esposa, la indisolubilidad del vínculo matrimonial. No sabían que es estaban enfrentando a aquel que no viene a abolir la ley, sino a darle cumplimiento y por eso Jesús les invita a que se den cuenta por sí mismos, que vayan a la escritura para que se convenzan de que Dios los creo hombre y mujer y los bendijo. Solo en su relación de amor y ternura en su relación de hombre y mujer es donde se significa la alianza nueva y eterna de Cristo nuestro Señor con su esposa la iglesia. En esta relación vamos observando como Dios sigue dándonos la vocación, llamándonos a todos a la santidad y entre todos ha tenido a bien a escoger a algunos, no porque hayan nacido impotentes física o psicológicamente o mutilados en su cuerpo, sino porque el Señor los ha escogido desde sus debilidades y pecados para que demos nuestra vida en cuerpo y alma para que su amor se desarrolle en todos y sea fuente en los casados y solteros, en los que creen o no, en los niños, adolescentes, jóvenes y ancianos, en donde el Señor quiera que trabajemos por amor a él y si bien cuesta trabajo decir no a mi familia, a muchas cosas buenas, bonitas, nada malas, esto requiere una formación. Por eso, la formación de los futuros sacerdotes en un mundo secularizado, donde se compra la noticia amarillista que destruye al matrimonio, al sacerdote, al religioso, la religiosa, en un mundo en el que se vende todo lo que es falso, debe ser de mucha fidelidad. Triste es no tener noticias del reino que se extiende en familias bonitas como las de ustedes que viven en el amor de padres, vecinos, etc. Tenemos que enfrentar nuevos desafíos en éste mundo y tenemos que responder porque el Señor así lo quiere, él es el que va haciendo su obra en nosotros, hombres y mujeres frágiles, nos impulsa para darnos cuenta que el Seminario no es solo para aumentar un año más, sino para convencernos de que a formación sacerdotal, humana, requiere de tiempo, esfuerzo, dedicación, sabiduría, paciencia. Requiere de nuevas vidas que quieran darse como el equipo formador y el presbiterio de la diócesis. Ojalá muchachos, que no se echen para atrás, la obra que se inicia en ustedes no es solo el resultado de la cooperación diocesana, e la obra de Dios que por su Espíritu Santo está actuando en ustedes y que cada que le dicen sí, se expresa para su gloria. Cada que uno estudia, trabaja, hace apostolado, en que enfrentan sus problemas y tentaciones, el Espíritu Santo está obrando maravillas. Por ello debemos decirle con el Salmo “te damos gracias”. Que esta sea siempre nuestra oración y siempre le agradezcamos la abundancia de sus dones y que los seminaristas se formen según su voluntad. Que haya hombres que vayan anunciando que el hombre y la mujer se aman limpiamente, que formen familias integrales. Gracias Señor porque cada día amamos las obras de tus manos en nuestras débiles manos y porque este doce de agosto de 2011 nos permitiste iniciar, en esta comunidad sencilla y generosa de San Juanico el Alto, este Curso Introductorio en nuestro Seminario diocesano. Te damos gracias Señor porque nos amas. |