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LECTURAS: DEUT 18, 15-20; SAL 94; 1COR 7, 32-35; MC 1, 21-28
Comentando la Palabra de Dios
Deut. 18, 15-20. Profeta. Profeta que viene de la soledad sonora en que el espíritu se ha encontrado a solas con su Dios. Profeta que regresa del desierto para dar testimonio de lo que ha escuchado y vivido, de lo que ha experimentado del amor del Señor.
Un profeta así realmente será capaz de colaborar intensamente en la construcción de un mundo nuevo, y hará posible el surgimiento de una nueva humanidad.
Necesitamos tener oídos y corazón de discípulos, de hijos para que, en amor, caminemos conforme a la voluntad del Dios en quien decimos creer.
No digamos falsedades ni con la boca, ni con los pensamientos, ni con las actitudes, ni con las obras, ni con nuestra vida misma.
Si hemos sido bautizados en el Señor; si le pertenecemos; si son nuestros su Vida y su Espíritu manifestemos nuestra realidad de pertenencia al Señor mediante una vida intachable.
Convirtámonos en testigos del Señor haciendo el bien a todos, luchando por la paz, por la convivencia en el amor fraterno y por tener una gran capacidad de perdón y de comprensión hacia todos.
Sal. 95 (94). Llegada la plenitud de los tiempos Dios nos envió a su propio Hijo. Ojalá y escuchemos hoy su voz, y no endurezcamos ante Él nuestro corazón.
El Señor ha venido a hacerse Dios con nosotros. Él ha venido a caminar con nosotros, de tal forma que se ha convertido para nosotros en la Revelación de Dios no sólo con sus palabras, sino con sus obras y con su vida misma.
Nosotros no sólo hemos de llegar ante Él para adorarlo, sino para escuchar su voz, para contemplar el ejemplo que Él nos dio y para caminar, junto con Él, hacia la posesión de los bienes definitivos.
Por eso los que nos gloriamos de ser su Iglesia debemos ser una comunidad de fe que camine, junto con toda la humanidad, en el amor y en la verdad, de tal forma que, desde nosotros, el mundo entero continúe experimentando el amor de Dios, que llama a todos a la plena unión con Él, por medio de su Hijo, y a la participación de su Espíritu Santo.
1Cor. 7, 32-35. Agrademos al Señor con una vida intachable.
Cada uno ha seguido la vocación que el Señor le ha hecho.
Nadie puede pensar que haya quienes sean más gratos al Señor por haberle consagrado su corazón de un modo indiviso; pues lo indiviso no se manifiesta en los votos emitidos a la hora de la ofrenda, sino en la fidelidad, a veces demasiado ardua, de la vida diaria.
Hay muchos que se les pueden adelantar a aquellos que le consagraron su vida a Dios de modo total, pues las personas casadas, llevando una vida fiel en su compromiso de amor matrimonial también son grandemente estimadas por el Señor, pues, a través de su vida, se convierten en un signo del amor fiel e indiviso que el Señor tiene a su Iglesia.
Tratemos de vivir, en la diversidad de vocaciones, no tanto tratando de ser fieles a un simple compromiso, sino de ser fieles en todo al amor, que es lo único que cuenta ante Dios y ante nuestros hermanos.
Mc. 1, 21-28. Se ha iniciado una lucha frontal en contra del autor del pecado y de la muerte.
No porque alguien confiese que Jesús es el Santo de Dios podemos concluir que en esa persona haya un fe verdadera.
Jesús no se deja impresionar por nuestras palabras, pues Él bien sabe lo que hay en nosotros. Y su amor por nosotros no se quedó en vanas palabras, ni en sermones bellamente pronunciados; Él pasó haciendo el bien a todos, curando a los oprimidos por el diablo y dando libertad a los cautivos.
El Señor Jesús nos quiere libres de todo aquello que deteriore nuestro ser de hijos de Dios y no sólo que confesemos su Nombre con los labios. Él quiere conducirnos a la posesión de la Vida eterna que le corresponde como a Hijo unigénito del Padre. Unidos a Él; hechos uno con Él, hemos de continuar su obra de salvación a través de la historia, pues, como Iglesia que le pertenece, a nosotros corresponde trabajar intensamente para que el Reino de Dios se haga realidad ya desde ahora en nuestro mundo.
La Palabra de Dios y la Eucaristía de este Domingo.
El Señor se ha hecho cercanía a nosotros mediante su encarnación. Y Él permanece en el mundo y su historia por medio de la Iglesia, convertida en memorial suyo, pues a través de ella Él continúa pasando entre nosotros haciendo el bien a todos.
Él se dirige a nosotros por medio de su Palabra salvadora para conducirnos por el camino del bien.
Por eso no podemos estar en su presencia como discípulos descuidados, sino que hemos de saber escuchar y meditar con amor su Palabra para ponerla en práctica.
Él se convierte en nuestro alimento, Pan de Vida eterna; por medio de esta Eucaristía nosotros entramos en comunión de vida con Cristo, de tal forma que su Iglesia se convierte en un signo creíble del amor misericordioso y salvador de Dios a favor de toda la humanidad.
Por eso no podemos reunirnos sólo para dar culto al Señor. Es necesario que aceptemos nuestro compromiso de ser, en Cristo, el Evangelio viviente del amor misericordioso del Padre, que se acerca a todas las naciones, no para condenarlas, sino para salvarlas liberándolas de toda su esclavitud al autor del pecado y de la muerte.
La Palabra de Dios, la Eucaristía de este Domingo y la vida del creyente.
Los que somos hijos de Dios, por nuestra unión a Jesucristo, el Unigénito del Padre, tenemos el gran compromiso de esforzarnos para que el Reino de Dios vaya haciéndose realidad en los diversos ambientes en que se desarrolle nuestra existencia.
El anuncio del Evangelio lo hemos de hacer con la fuerza que nos viene de la presencia del Espíritu Santo en nuestra vida. Y, siendo los primeros en vivir lo que proclamamos, nos hemos de presentar ante los demás no como unos charlatanes, sino como quienes tienen autoridad para hablar del Señor desde una vida convertida en testimonio personal de la salvación que Dios ofrece a toda la humanidad.
Ciertamente que en el camino de la vida nos encontraremos con muchas personas que han sido dañadas, tal vez fuertemente, por la maldad y dominadas por el pecado. A nosotros corresponde, por voluntad de Dios, llegar a ellos para ayudarles a encontrar en Cristo su amor misericordioso, su salvación y un compromiso nuevo para trabajar a favor del Reino.
Por eso procuremos no quedarnos en el anuncio de la palabra de Dios mientras descuidamos nuestra respuesta personal a la misma. Quien anuncia el Evangelio y continúe, voluntariamente, sujeto al pecado, en lugar de procurar la salvación de los demás les estará llevando a una vida de hipocresía y de falta de compromiso real con el Señor para colaborar en la salvación de la humanidad de todos los tiempos y lugares.
Roguémosle a nuestro Dios y Padre que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de vivir con lealtad nuestra fe en Cristo, de tal forma que nuestra existencia misma se convierta en un Evangelio viviente del amor que el Padre Dios tiene a toda la humanidad. Amén. |